Colliure, medievo catalán con acento francés

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Teníamos algunos días feriados con puente incluido (así llaman en España a los días que serían laborales que quedan entre medio de dos feriados, pero se convierten en no-laborales para continuar la fiesta… un amigo de por aquí suele decir: “this is Spain!!!” :) ), había ganas de algún viaje corto por la zona… Rafa, un amigo mexicano que hace tiempo vive en estas tierras, y como buen periodista, inquieto y conocedor de los rincones de su zona de influencia, nos recomendó Colliure, al Sur de Francia.

Colliure es un pequeño pueblo catalán francés, a unos 250 kms al noreste de Barcelona siguiendo la costa mediterránea. Tomamos un silencioso y agradable tren desde la estación Sants hasta Cerbere de menos de tres horas y luego otro de 20 minutos que nos dejó en el propio Colliure.

Para el que ha pasado por Cadaques o quien ha leído en este mismo espacio mi comentario sobre él, puedo decirle que Colliure tiene varias cosas en común con aquel otro delicioso pueblo de la Costa Brava. Sus callecitas angostas, sus pequeños balcones cubiertos de flores, su tranquilidad, su manifiesto contacto con las azules aguas del Med.

A diferencia de aquel pueblo con casitas de fachadas blancas de apariencia griega, Colliure nos entrega colores, sus casas exponen diversos e intensos tonos, contrastes y marcadas diferencias entre una casa y la del vecino, me recuerda las costas mediterráneas del sur italiano o los conventillos de Caminito en el barrio porteño de La Boca.

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Los habitantes en su mayoría son pescadores o pintores, las calles explotan de ateliers y talleres de arte, las vidrieras de las galerías nos regalan infinitas formas de ver el mismo mar, el mismo anochecer, la misma luna, la misma playa, las mismas gaviotas, el mismo puerto, los mismos bares, desde la misma (o similares) ventanas; pero todas muestran detalles distintos, todas dicen algo diferente.

Mirando desde el puerto, colliure2casi el corazón del pueblo, la bonita iglesia Notre-Dame de Anges con su torre de piedra y su reloj, ubicada sobre el mar en el borde izquierdo de la bahía, sería el punto de magnetismo de todas las fotos si no fuera por la guinda de este dulce postre: un enorme castillo medieval sobre el lado derecho, el Chateau Royal, que parado frente a la costa desde hace cinco siglos, parece proteger al pueblo, con sus imponentes paredes de piedras, del insistente golpe de las olas. Torres, puentes, murallas, angostas escaleras, inmensas puertas de madera pesada, omnipotencia y humedad, todo esto contiene y nos muestra este conservado edificio medieval, que en algún momento perteneció a la corona de Aragón, e incluso a los Asturias, antes de que en el siglo XVII se integre definitivamente a Francia. Ademas de recorrer sus salones, subir sus escaleras y mirar desde sus puestos de vigías, nos entregamos al placer de degustar quesos que ofrecían en la feria de una de sus salas… larguísimas oraciones en francés, incomprensibles para mi, fueron el preámbulo para cada trozo de queso que me hicieron probar… el universal lenguaje de señas les hizo entender que me gustaron todos!

colliure8imagen9El cielo gris, el frío del otoño casi invernal y el vapor blanco que salía de nuestra respiración y envolvió todas nuestras charlas, varias veces me hicieron mirar de reojo, temeroso, si oculto en las sombras de los faroles no habría algún tipo con armadura de tejido metálico, escudo y espada en la cintura, que me daría un susto fuera de tiempo. Caminar por la noche al borde del mar y que las luces amarillentas parezcan antorchas y hagan que el reflejo dibuje el castillo sobre el agua, nos dio ánimo para encarar la búsqueda de algún bar, enfrentando la desertitud y el silencio del pueblo, cuando el reloj aún no marcaba las ocho de la noche.

Por fin encontramos el bar donde dicen que Picasso solía trasnochar muchos veranos, un cálido espacio con una barra con forma de pequeña barcaza pescadora y paredes completamente cubiertas de cuadros… un café, una charla y respirar.

Volvimos a caminar por las callejuelas, colliure5donde también cuentan que caminaba el novelista ingles Patrick O’Brian, autor de muchos relatos situados en tiempos napoleónicos. Volvimos a merodear el pequeño puerto, volvimos a escuchar el rumor del mar besando paredes de piedra. La imagen se completaba con un faro en la punta del paredón que se inicia en la torre del reloj de la iglesia y penetra varios metros en el mar. El faro nos muestra en cada giro su luz, una señal de soledad y lejanía.

Solo quedaba pasar la noche y el nuevo amanecer nos daría un poco de luz para apreciar, entre nubes bajas y neblina, un molino de aquellos tiempos y otro fuerte con torres de piedra que contemplan la playa desde las montañas a las espaldas del pueblo.

Catalunya es mas que Barcelona, Francia es mas que París, no es matemática, solo un poco de geografía.

Dic 2010.