(Puijcerdá) No hace falta mover montañas, se pueden atravezar

Uno de los orgullos de los catalanes son sus trenes: Ferrocarriles de la Generalitat. Sabía de sus bondades y puntualidad por tomar un tramo corto diariamente para ir a mi trabajo, pero una mañana de marzo me subí a uno de ellos, con ganas de algo más, saliendo de la estación Sants en pleno corazón de Barcelona, en dirección Noreste, a tres horas de viaje caí en Puijcerdá, un pueblo del que había leído un poco pero no tenía demasiadas certezas, cerca de “La Molina”, el centro de Sky que tiene algunas líneas mas de fama.

Ya desde que la ciudad quedó a mis espaldas y las vías comenzaron a introducirse en infinidades de túneles que atraviezan montañas, el viaje empezó a hacerse pintoresco… de repente oscuridad, de repente un valle inmenso bordeado de montañas de verde y roca, de repente oscuridad, de repente los pirineos con sus picos nevados desafiando el sol de la mañana. Un laberinto de curvas y laderas, un tren silencioso que me adormece, una lectura que no puedo continuar… las ventanas son grandes, y el exponente natural de lo que por allí me llega me obliga a dejar la literatura para otra oportunidad, solo mirar por las ventanillas es casi la obligación de todos los pasajeros.

Llegamos a Puijcerdá cerca del mediodía, la estación está al pie del pueblo, sobre un costado de un valle. Hacia el Oeste, las pistas de Sky de La Molina con sus laderas blancas salpicadas de árboles y las rutas de esquiadores como hilos que bajan desde las alturas… hacia el frente un valle verde amarillento; atras, y al costado y hacia el otro costado: montañas, colores, desniveles, iluminados por un sol amable que anunciaba la próxima llegada de la primvera y coronados por un profundo cielo celeste.

Subí por un funicular (similar a los que suele haber en ciudades portuguesas), y allá arriba, el pueblo: un hermoso pueblo! pequeño y pintorezco, una plaza con un campanario sobre una torre de piedra con apariencia medieval. La arquitectura es la típica de regiones de montaña y frío, podría ser tranquilamente la apariencia de algun pueblo de Suiza o Alemania, casas bajas en forma de chalets con mucha madera a la vista.

Callecitas angostas que siempre terminan en un mirador, camina hacia adelante y algún punto panorámico con valles, montañas y nieve te sorprenderá en breves minutos.

Los bares anuncian sus cualidades artesanales con el Xocolata, el idioma catalán es firme protagonista, pero las mezclas son divertidas, las cercanías con Francia también hacen escuchar algunas “rrr” bien marcadas. La comida del mediodía fue abundante y sabrosa, la caminata para hacer la digestión me llevo a seguir los carteles que indicaban la salida a un lago. Por suerte mi curiosidad fue buena consejera y me encontré con el lago, y un paisaje formidable!!… un espejo de agua rodeado de montañas, árboles de colores diversos y una impactante sensación de calidez. Varios carteles anuncian el peligro de caminar sobre la superficie del lago cuando éste se congela, tuve una espontánea sensación de frío de solo imaginarlo.

Volví a la estación de tren, antes del anochecer. El paisaje había cambiado, el sol caía detras de las montañas y uno de los extremos de las vía parecían tomar dirección hacia él. Comprendo un poco más tanto orgullo catalan, hay tantos matices en estas tierras… sol, playa, montañas, Mediterraneo, nieve. El horario del ferrocarril, como suele pasar, se cumplió a la perfección y emprendí el regreso a Barcelona un tanto cansado. En la estación La Molina, subieron varios esquiadores con sus equipos y sus charlas en voz alta. No fue problema para hundirme en el asiento y cerrar los ojos hasta Sants.

Marzo 2011