(Purmamarca) Algo más que lindas fotos

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Llegue a Purmamarca (pcia. de Jujuy, Argentina) pasado el mediodía.
Purmamarca es un pueblo de menos de 350 habitantes ubicado a unos 60 kilómetros al norte de la capital de la provincia. En gral. todos los pueblos de la zona conservan un aire a raíces aborígenes y una mística especial, pero Purmamarca además invita a conocerlo por su increíble ubicación en medio de un imponente paisaje montañoso.

Junto a mi mujer buscamos lugar donde hospedarnos, el primer lugar donde preguntamos fue un restorant-hotel,  pero el precio nos pareció excesivo, pensamos que el movimiento turístico de los últimos tiempos allí había hecho subir los costos… pero por suerte fue un pensamiento erróneo, conseguimos un hospedaje familiar acomodado a los bajos precios de todo el Norte argentino.
Las casas donde sobran habitaciones suelen ser albergue para los forasteros que estamos de paso por pocos días, siempre atendidas por la gran hospitalidad de los anfitriones lugareños.
Dejamos las mochilas y salimos a las obligadas caminatas a ritmo lento que propone el contexto. Todo relato será corto de adjetivos al querer calificar la belleza de este lugar. El pueblo se encuentra al pie del afamado “Cerro de Siete Colores” pero pobre sería hablar de este panorama si solo nos referimos a dicho cerro. El lugar es una maravilla mires hacia el lado que mires. Montañas y colores diversos aparecen en todas direcciones, y dependiendo del momento del día y del ángulo del sol las tonalidades cambian considerablemente, por eso es tan placentero tomarse su tiempo para tratar de incorporar la dinámica del paisaje.
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El pueblo es un típico pueblo norteño, con una pequeña plaza central, casas color barro, callecitas de tierra y piedra y una tranquilidad que envuelve. Esa calma solo se altera un poco cuando arriban algunos micros de turistas que van de paso, pero dicho paso suele ser breve, las ordas de contingentes armados con cámaras fotográficas y señoras que se ponen en pose para las fotos suelen ser ráfagas fugaces, ya que las excursiones de ese tipo de turismo pasan por Purmamarca apenas un rato y siguen camino en busca de otras fotos para el álbum.
purmamarca-11Al caer el sol, los nenes se apoderan de los juegos de la plaza y algunas bicicletas son el único tránsito que la rodea, parece que al irse los turistas los lugareños recuperan sus espacios. Una humilde iglesia de paredes anchas y más de tres siglos en sus espaldas se ubica en uno de los bordes de la plaza, a un costado de ella un majestuoso algarrobo de mil años (y no hablo de metáforas, el algarrobo realmente tiene 1.000 años), con enormes ramas que se alejan y se alejan del tronco; además de lindo visualmente, el árbol contiene otros atractivos, y no es para menos, una vida de 1.000 años que contempló el crecimiento y el paso de infinidad de vidas más efímeras a su alrededor. No es fácil de explicar pero esa madera dice cosas en algún idioma que no conozco.

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Luego de la obligada merienda con mate, chocolatada y pan casero, nuevamente la caminata entre las callecitas y etc’s. Subiendo por el costado opuesto de la iglesia, en medio de la charla casi por casualidad aparecimos dentro del cementerio…  sentí una especie de shock, el tiempo pareció detenerse, como avisando que el lugar no era un simple pedazo de tierra, otro detalle difícil de explicar. La mística del lugar se respira y te contiene. Una sonrisa me brotó espontánea, mientras la brisa fría me pagaba en la cara y el pueblo y el valle aparecían allá abajo. El cementerio se erige arriba del pueblo, hecho que no es casual, las creencias y el respeto por los antepasados de la gente de aquí llevan a estructurar el pueblo de esa manera. Quiero dejar en claro que en el sitio no hay “oscuridad”… al contrario, el ambiente parece de celebración; una sabiduría implícita, con la que, dada la cercanía (está a dos cuadras de la plaza principal), se convive cotidianamente. Mi emoción y mi sonrisa en silencio se mantuvieron por un buen rato. Leí algunos textos escritos en mármol con verdadero vuelo; y notamos que los apellidos se repetían llamativamente en diferentes lápidas, evidentemente muchas generaciones de pocas familias, dejando entrever perdurables raíces en estas tierras.
Volvimos a buscar abrigo (la noche en la montaña -estamos a casi 2200 metros de altura- siempre requiere de abrigo!) y salimos a cenar. Por supuesto como casi todas las noches que estuve por estas latitudes el cielo es claro y las estrellas parecen caerte encima.
Los pequeños restaurantes contagian calidez, la comida casera es una constante. Platos regionales a bajo costo y placeres múltiples de los comensales. Cenamos en un resto muy humilde y muy bonito, el señor que atendía, de pocas palabras pero gran amabilidad, además era el que cocinaba. Cazuela de cordero y guiso de quínoa fueron nuestras elecciones, sin olvidar por supuesto, un excelente flan con dulce de leche.

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La mañana siguiente fue momento de caminar entre los cerros por el “Camino de  los Colorados”; magia hecha colores; el rojo (óxido de hierro), el verde (óxido de cobre) y el amarillo (óxido de azufre) conforman la paleta básica, pero se desparraman mezclas y matices en todos los ángulos. Los cardones (cactus) parecen ejércitos de soldados formados en las laderas. Llevando buena provisión de agua el calor no es impedimento para caminar encontrando rincones y piedras extrañas. A la tarde hicimos una nueva caminata por allí, con algunas sombras y nuevos colores.
La noche nos atrapó nuevamente en el restorant del señor que hace todo solo, degustando unas exquisitas lasagnas de pollo que fueron otro gran placer.

Oct’09