(Bombinhas) Rincón bajo el sol

En el verano del ’99 el sur de Brasil estaba atestado de turistas argentinos empecinados en comprar barato, caminar por alguna peatonal y hacer que el mate sea más popular que la caipirinha en las tardes playeras. Pero todavía quedaban algunos rincones donde las cosas no eran tan así…. uno de ellos: Bombinhas, un maravilloso pueblo ubicado cerca de Camboriú pero lo suficientemente lejos como para no contaminarse demasiado de urbanidad. Hacia allí fui en un enero hipercaluroso con un grupejo de amigos.
Allá nos esperaban otros amigos, que estaban desde hacía un tiempo. El viaje en micro desde Buenos Aires es todo lo extenso que imaginen. En teoría son aproximadamente 24 horas… pero los múltiples inconvenientes del autobús, que por otro lado son esperados y repetidos por todos los pasajeros que atravesaron esas rutas, hicieron que la travesía dure cerca de 30 hs. Con cambio de móvil incluido, roturas de aire acondicionado, etc.
Al llegar inmediatamente se siente que el pesado viaje se justifica ampliamente: un pueblo tranquilo y muy bonito con casas que llegan casi hasta la orilla del mar. Y esto no es una figura metafórica, literalmente las veredas de las casas que dan a la costa penetran en la arena blanca.
Nuestro grupo de “adelantados” ya tenía una casa alquilada muy cerca de la playa y toda la logística armada para unas buenas vacaciones.
Los días pasaron entre actividades varias, snorquel, beach voley, escaladas de morros (la búsqueda de hongos en los ratos post-lluvia es divertida, muy divertida
), el fútbol playero es casi una religión en Brasil, con lo cual los desafíos en los atardeceres fueron diarios, el límite de la cancha lo marca el mar y el horario de fin lo suele determinar la ausencia total de luz solar. En la bahía de Bombinhas el mar es sereno y azul, pero a espaldas del pueblo, aparece “Quatro Ilhas” otra bahía más pequeña y silvestre con una constante rompiente de olas. Es el reducto elegido por los surfers y el escenario de los encuentros futbolísticos recién descriptos.

Un canadiense y un francés instructores de surf y también participantes futboleros eran nuestros anfitriones en la bahía y quienes nos recomendaron el “pao de quesso”, un pan tibio relleno de muzzarela y queso fontina que fue mi menú en la mayoría de las meriendas.
Como decía, Bombinhas y Quatro Ilhas son dos bahías que se dan la espalda, entre medio de ellas, una especie de cabo montañoso llamado Sepultura, cuyo extremo se mete en el mar de manera casi abrupta mediante una formación rocosa. Por allí bajamos a bucear. Personalmente era la primera vez que lo hacía, y la emoción por los colores y el “otro mundo” que se ve apenas centímetros debajo de la superficie fue digna de hacer olvidar los codos raspados por las rocas filosas.

Llegó el sábado y había rumores de fiesta. En efecto, nos indicaron donde era la fiesta y nos recomendaron llevar ropa “mojable”. La cosa era en un parador en el pie de un morro, casi a la altura del mar. El detalle de la ropa “mojable” era porque en horarios nocturnos el agua crece y la única forma de acceder al lugar era atravesando un paso con poco mas de 50 cm de agua salada. Por supuesto con la calidez de ese mar y el clima de 35 grados no es una molestia, al contrario.
Pasada la medianoche atravesamos el camino con el agua a las rodillas y llegamos a la fiesta, donde por supuesto las percusiones en vivo no podían faltar. Un poco de música hitera, mucha sonrisa y clásica alegría brasileña, pero sinceramente no daba para mucho. Veníamos sustancialmente con ganas de emociones, decidimos subir el morro en busca de nuevas perspectivas.
Habíamos estado en esa zona una tarde, pero de noche por más que el cielo estaba claro, las sombras de la alta vegetación le agregaban un lindo desafío a la caminata. El sonido del mar acompañaba en la oscuridad pero caminar en círculo es lo que suele pasarle a los inexpertos como nosotros, ni llegábamos arriba ni podíamos encontrar el otro extremo desde donde venía el sonido de las olas golpeando contra las piedras. Hasta que por fin apareció un claro con vista al mar. Una especie de agujero en la vegetación, como si alguien hubiera cortado el césped del jardín y adornado con algunas palmeras y piedras decorativas. Pero por supuesto era una formación natural, en plano inclinado con vista hacia el Este. Sí, sí, acertaron, nos tiramos allí a esperar la salida del sol. La increíble salida del sol. Uno de esos placeres que además de vivirlos intensamente se recuerdan casi con la misma intensidad.
El regreso al pueblo fue por la playa, invadidos de cosquillas y encontrando una pequeña explicación al eterno buen humor de las personas que viven en zonas tropicales: llueva o haya sol, sea noche o sea día, haya brisa o calma total, siempre uno puede caminar tranquilamente, nadar en el mar y salir sin sentir una pizca de frío. Esa comodidad, ese aire de despreocupación va más allá de contar con un abrigo a mano.


A bordo de colectivos semidestruídos recorrimos todos los pueblos y pequeñas ciudades vecinas, con encantos distintos y apacible aire similar. “Canto Grande” un humilde pueblito de pescadores al pie de un enorme peñón; tiene la playa casi en su totalidad cubierta por los pequeñísimos botes de sus habitantes. Mariscal, una bahía más grande a modo de inmensa llanura de arena y mar abierto. Y hacia el otro lado, Bombas, de características similares a Bombinhas pero con mayor infraestructura turística; y un poco más al norte Porto Belo.
La costa de Brasil es casi un ideal de colores y sonrisas, pero me permito dejarles dos consejitos:
1) Lleven mucho protector solar.
2) Naden, sueñen, hablen, coman, rían, bailen y todas las acciones que se les ocurran en tierras brasileñas y serán bienvenidos y acompañados por la calidez de un pueblo naturalmente amable, pero no hablen de fútbol porque se les borra la sonrisa.



















